“Nacemos dos veces, una físicamente, otra espiritualmente”. (Leoncini)
En el nacimiento físico podemos apreciar el sentido del sufrimiento feliz. La madre exhausta, el bebé buscando el aire y la conexión a través del llanto en un mundo desconocido, los dos simbolizan la magia de la vida.
Desde el inicio de la existencia nos rodean sabios que observan nuestros comportamientos atrevidos, impulsivos, salvajes incluso, ¿Qué adolescencia o juventud no lo es…? Esas miradas saben que no nos valen sus palabras, como mucho, nos llamará la atención la complicidad entre ellas y detectaremos cierta envidia, que antes o después entenderemos ¿Qué otro sentimiento se puede tener por la felicidad insolente de nuestra inocencia?
Un día, a través de una o varias experiencias, nos llega otro nacimiento, el espiritual. Una enfermedad, una muerte, una decepción…la vida da la vuelta y volvemos a nacer. Conectamos con otra magia, la consciencia de lo efímero, de lo finito y nos introducimos de lleno en el laberinto de la búsqueda del sentido. Es un sufrimiento al ser consciente.
De repente entendemos todos esos sabios, somos uno de ellos, una mirada más…nacemos espiritualmente y caemos en la cuenta de que nuestra espada no era de acero, sino de madera.
En este punto se bifurcan los destinos. Unos se narcotizan, otros se niegan y una minoría sigue buscando en la autopista de lo incierto, disfrutando de cada una de las batallas, desde la serenidad de que es una guerra perdida.
Quizás la única victoria posible a nuestro alcance sea vivir una vida “vivida”.
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